Nací en Benito Juárez, una localidad nacida en los albores de la campaña bonaerense del siglo XIX. Un verdadero “pueblo chico de gesto antiguo”, de los que hablaba el enorme poeta Hamlet Lima Quintana.

Fui eslabón en una familia de artistas y no pude sortear el destino de música y cantante. De los instrumentos que resonaban en aquella casa de la infancia, mi alma y mis manos eligieron el piano y la guitarra. Y el canto, que venía dentro del pack.

En la escuela primaria me hice camino en los más variados géneros y agrupaciones musicales. El folklore fue la marca de mi adolescencia, ya sea como solista o como soprano en varias formaciones vocales. Toda mi vida parecía preparada para que 1975 me trasladara a la ciudad de La Plata a estudiar Dirección Coral en la UNLP. Sin embargo, la enrarecida vida institucional y la violencia cotidiana de aquellos fatídicos años conspiraron para que mis padres no me permitieran consumar mis anhelos.

De suerte tal que terminé transcurriendo esos años inmediatamente posteriores al ciclo secundario en mi pueblo natal. La ausencia de un conservatorio no pudo detener mi aspiración de seguir creciendo abrazada a la música. De a poco fui satisfaciendo ese deseo integrando distintos coros que me ayudaron a comenzar un camino y una experiencia maravillosa de la que aún hoy disfruto.

En aquellos años tuve maestros maravillosos de los que aprendí mucho. Mi padre, bandoneonista, fue el primero. Después vendrían muchos más. Todos me aportaron valores, conocimiento y, fundamentalmente, respeto y amor por la música.

A los 26 años me alejé de mi pueblo para continuar ese camino musical en la ciudad de Necochea. Aquello fue inolvidable. De repente estaba compartiendo parte de mi vida y mi carrera con músicos talentosos con los que comencé a incursionar en la dirección coral. La experiencia fue vasta y con grandes resultados: llegué a crear el Coro de Adultos y Niños de la Fundación Cultural de La Dulce, una pequeñísima localidad rural cercana a la ciudad cabecera del partido.

Pero de Necochea también tuve que partir. Después de un largo y sinuoso camino el recorrido concluyó en Luján, ciudad que, en todo sentido, me cobijó para siempre. Lo primero que hice al llegar fue anotarme en el Festival de la Fe y la Historia, en el que resulté premiada. Aquél fue mi bautismo artístico. El preludio de una vida musical que jamás se vería interrumpida, en una ciudad que amo de un modo incondicional. La madurez cultural de Luján me fue envolviendo en su complejidad y me fue abriendo nuevos caminos en el arte. Aquí comencé mi carrera de actriz, disciplina que venía postergando hacía muchos años. Las cosas, nuevamente, salieron bien. Hoy la Universidad forma parte fundamental de mi ámbito artístico y laboral. En el Departamento de Cultura me he sentido y me siento siempre acompañada y protegida. Aquí pude grabarmi disco “Y después que vueles”. Aquí pude hacer del escenario el lugar en el que puedo latir, respirar y ser completamente feliz.

Nancy Schettino presentando su disco en el Teatro Municipal Trinidad Guevara(2014).

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