Qué lindo cuando hace mucho sol, mucho calor y uno puede disponer de una hermosa sombra de este aguaribay, una botella sudorosa cortada al ¾, en cuyo interior se debaten las futuras tinieblas que se desplegarán en nuestro cerebro en momentitos nomás.Con mi cuñado… todo bien. Bueno… la verdad que al principio me cayó pa´l culo, el día que mi hermana lo trajo para presentarlo.Le saqué la ficha apenas llegó: el típico bolu argento para el cual el auto es una cáscara que envuelve y viste su magro cuerpo, y ni hablar de la magnitud intelectual del guaso. Yo digo que tanto inhalar gases de los caños de escape se les seca el cerebro, y lo único de su vida que les importa es el auto. Éste, se bajó de un Fiat 128 rojo, lustroso, con llantas de magnesio, tapizado de cuero aleopardado, stéreo de mil canales, lo que se diría ahora “tuneado”.No lo podía creer, me estiró una mano enguantada en cabritilla para saludarme, y yo… ¿qué querés? Es mi familia.Y ahora, todo bien. Bueno hay algo más que nos aleja: somos hinchas de equipos Contreras irreconciliables: Talleres y Belgrano.Sin embargo allí estábamos, bajo el pimiento, acollarados a una sangría de aquéllas: vino, azúcar, limón… y mucho hielo.Recostados en el placer, mirábamos el devenir de los vecinos con los ojos vidriosos.En frente estaba estacionado un Renault 12 hecho mierda en el que un vecino hacía el reparto del pan y del que mi cuñado era el chofer.Cuando más empezó a apretar el calor nuestro manantial burbujeante se secó. Eso nos puso un poco nerviosos. La armonía que trabajosamente habíamos contribuido a construir en esa siesta agobiante se agrietó por la falla de siempre.La cosa es así: vos podés ser un pelotudo y vivir poniendo las fichas en los casilleros equivocados, siendo fanático de un equipo nacido para perder, teniendo un trabajo pero hablar peste de él, pero no olvidarte de tu familia, de tus hijos, eso sí que no te lo puedo perdonar. Cuando ya sos un tipo de cuarenta años, que en lo único que piensa es en todo lo que tuvo o pudo tener y no acepta el desafío del hoy…en fin un llorón.Se lo dije a mi hermana apenas lo conocí, pero ella estaba obnubilada por los reflejos de los cromados de este imbécil. Que ahora mismo me sonríe y me dice que tiene vista una forma de conseguir más burbujas y me propone ir a comprar más bebida, y se para trabajosamente, sacude el pantalón y sacando las llaves del 12, me hace una seña para subir al auto de su patrón. Yo ni en pedo me subo con vos en ese estado, le digo. Me grita: – ¡maricón! y se me viene con el auto directo, no lo podía creer, que lo hiciera, pero de todas maneras me largué a correr calle abajo.El asesino me siguió como un perro de caza, quería morder mis talones.Corrí un trecho y cuando me di vuelta lo tenía sobre mí, no sé de dónde saqué la agilidad y coordinación física, sentí como crujió mi cerebelo para, de un salto balletístico, quedar parado sobre el capot del 12. Mi cuñado, los ojos chorreando de bronca, estaba decidido a aplastarme. Ahí me cagué, y sentí como el líquido bajaba por mis pantalones, endurecí el culo y abrí los brazos, tenía que hacer equilibrio sobre aquella fiera rodante.El loco enfiló por la avenida a toda velocidad, por lo que opté por encogerme lo más que pude contra el parabrisas. El cabrón había descubierto el truco de doblar de repente. Entonces tenía que aferrarme con uñas y dientes al plumín del limpiaparabrisas.Estaba lleno de rabia porque sabía que todo lo que le había dicho, trago mediante, era verdad. Pero no se bancó que un pendejo de mierda como yo, se lo dijera. Ahora ha tomado velocidad, y yo agazapado. Sé que el final se acerca. Clavó los frenos y jadeante hizo marcha atrás para darse a la fuga. Mi cuñado sintió cuando el bulto chocó sordamente contra el pavimento; pero no le importó, es más, lo había buscado expresamente. No sé porque no me pasó con el auto por arriba.

Ves, como te digo, un gesto familiar tuvo.

Juan Carlos Cuevas.

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