Se puso Internacional detrás de las orejas, continuaba la costumbre de su padre que siempre lo hacía y decía que uno debía estar preparado; había heredado no sólo la colonia sino el proveedor que era una prima suya que por añares vendió productos Avon a todos los de la casa.

Bueno…, hora de salir. Parándose frente al espejo, se acomodó por última vez el peinado mientras sentía el agradable calor que despedía el carnet colocado con primor en el bolsillo de su camisa. Lo portaba como si fuera la estrella del sheriff del pueblo. Lo hacía sentir poderoso, invencible. Al carnet lo llevaba esa noche porque salía en tren de trabajo: era periodista. Al título se lo ganó trajinando las redacciones y las calles. A pesar de haber ido un tiempo a la facultad la abandonó por las urgencias de la vida y se doctoró a nivel calle.

Carraspeó, se repasó los zapatos con la parte de atrás del pantalón. Los timbos debían brillar impolutos, sobre ellos destellarán las luces de la ciudad, aunque al fin de la noche terminen enchastrados por las aguas servidas de las esquinas.

Cerró la puerta de su casa y enfiló para el sector de los boliches, quería hacer una nota sobre la juventud de la ciudad y sus formas de diversión. Atravesó rápido las calles oscuras del barrio para desembocar en la avenida que lo llevaba al Tajamar. Una vez que llegó al laguito se sentó debajo de unos árboles para fumar mientras su mirada vagaba por las aguas oscuras, dejando que el tiempo se escurra sin más. No pudo evitar pensar que todo este “conjunto edilicio”, como solía decir en sus notas cuando hablaba del tajamar, la iglesia y el colegio, fue declarado patrimonio de la deshumanidad por unos de la ONU, recordando una frase que le había gustado, escrita por un tipo en el diario de la competencia. La declaración había sido justa porque todas las construcciones eran producto del trabajo esclavo de indios, negros y parias. Nunca el poder se ve o, mejor dicho, siempre está en negro, jamás declara sus propósitos.

¡Bueno, basta! se estaba poniendo filoso y podía lastimarse, mejor seguía. Se levantó y enfiló para la avenida. Era una subida exigente y le faltó el aire. Se propuso escribir cien veces en su mente: – Debo fumar menos – mientras caminaba, pero una corrida entre los autos le llamó la atención y lo sacaron de su tarea.

Sábado doce de la noche y un frío polar, se sentía más cerca de las pantuflas y un buen libro que de la aventura que significa salir a buscar. Se estaba viniendo viejo, quería encontrar una chica de su casa, como decía su vieja. Pensó que le iba a resultar difícil en esta época en que se vive con ese sentimiento constante de que todos te quieren cagar, y así nos vamos quedando en nuestro country mental, solos, aterrorizados… ¡qué tul! las reflexiones le salen como agua, siempre es así después de comer. Pero el pensamiento sobre separación y enfrentamiento hacía días que lo tenía a mal traer, veía una sociedad en medio de una batalla en cámara lenta como en una película, y nadie quería percatarse de ello. Sabía que ese enfrentamiento ocurre por “interpósitas personas”. Se colgó pensando en el significado de las palabras, con su poder, del cual era conciente por ser un trabajador que las usaba como martillo o como pluma. Le gustaba la diferencia que había con los abogados, maestros en su uso: levantan un tono la voz, sacan pecho y recitan una ristra de artículos mechados con latín, y él, que de pedo terminó la escuela, se quedaba mirándolos, arrobado, esperando los subtítulos, los extras, para terminar concluyendo que la perorata era una pavada escondida en grandilocuencias.

Parapetado detrás de unos árboles se transforma en un testigo privilegiado. Un grupo de policías acorrala a unos pibes que, a juzgar por su aspecto, son pobres y jóvenes, delitos penados siempre, pensó, y que los habilita a practicar los procedimientos aprendidos en la escuela de acá cerca, bendecida por los curitas. En su mente ya escribía la noticia: …Con las armas desenfundadas golpean a los peligrosos terroristas… vio como los obligan a separar las piernas, pegándoles en el huesito del tobillo e imaginó que seguramente el instructor de la escuela detalló como se debía hacer con sus poco sutiles borcegos. Apoyado con las manos contra la pared, uno de los supuestos peligrosos delincuentes junta coraje y seguramente insulta al policía que lo reduce, porque éste sin más le sacude con la mano abierta, para que no quede marca, dedujo, mientras trataba de memorizar cada detalle de lo que pasaba. La sonora cachetada arruina el peinado del relamido floger.

No aguanta más y salta al centro de la escena gritando: – ¡Basta de pegarle a ese chico! – y mirando al agente a los ojos le dice: – Soy periodista y no puedo permitir que usted maltrate a ese niño sin ninguna justificación. El floger en cuestión lo miró, sorprendido de que alguien saltara por él. Por el labio le bajaba un hilito de sangre mezclada con lágrimas. El peinado, al que le había dedicado tanto tiempo, era ahora un revoltijo que inspiraba las palabras burlonas de los agentes.

A pesar del empujón del policía, que no se bancó que le arruinara el procedimiento, no se amedrentó y con la voz entrecortada les espetó casi con cariño: – ¿No se dan cuenta de que nos estamos matando entre pobres defendiendo intereses que no son los nuestros? Sentía que al hablar le faltaba el aire, pero las palabras salían de su boca con una coherencia que hizo que los policías lo miraran como a un sociólogo perdido.

Pasado el factor sorpresa y el solo segundo en que sintieron un poco de vergüenza, el agente que llevaba la voz cantante se le acercó con una sonrisa sardónica y apoyándole el frío caño del arma reglamentaria en su frente dijo con voz firme: – Esposenló por resistencia a la Autoridá.

Supo que toda la energía se le escapó del cuerpo y de inmediato sintió como un líquido caliente bajaba por su pierna y llenaba su ex zapato lustroso. Así descargó todo lo que hacía días retenía en su estómago. A los empujones lo arrastraron hasta el móvil pegándole de la forma y en los lugares prescriptos por la vieja didáctica, pensó, juntando mentalmente letra para la futura nota. En la comisaría le quitaron los cordones, los documentos y el resto de dignidad que le quedaba. Mientras lo llevaban al calabozo, que era una gran letrina atestada de jóvenes, el agente le musitaba amenazas.

Esa noche al parecer sería rica laboralmente: estaba juntando material de primera mano, la literatura había caducado.

Gracias a un sistema de comunicación tipo los 101 Dálmatas, los correos, que en la película eran perros, fueron sus amigos y compañeros que abandonaron sus cómodos lechos para apersonarse en la comisaría y pedir por su libertad.

No habían pasado dos horas cuando un cana fue hasta el calabozo y llamándolo por el apellido, lo sacó de allí aclarándole por lo bajo que esta vez zafaba. Sintió que remarcaba los vocablos “esta vez”. Cuando llegó a la puerta del infierno tan temido, sintió los gritos de los que habían forzado su liberación y no tuvo mejor idea que rebuscar su carnet, que aún permanecía en el bolsillo de su camisa y exhibiéndolo en alto gritó:

– ¡Viva la libertad!

Mientras por lo bajo se prometía mantener al día su cuota de afiliación al CISPREN.

Juan Carlos Cuevas

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