Pocos metros más adelante del coche, el camino se volvía invisible por la niebla espesa que se resistía a la luz de los faros resplandeciendo y encandilando, así que las luces cortas se imponían, alumbrando apenas los guiones blancos que marcaban la separación entre los carriles, de puro deslucidos por el tiempo.

Lo incierto acechaba más allá, y esa incertidumbre reflejada en los ojos lagrimeantes, discretamente, angustiaba. Pero el desafío estaba allí: llegar a pesar de todo. Detenerse a un costado del camino no era una opción, la niebla podía seguir por horas. Otra incertidumbre: el temor de no ver, el temor de no saber…

Llegar, al cabo de tres horas de manejo estresante, resultó un alivio, aunque las dunas que bordeaban la costanera le produjeron una similar sensación a la de niebla; ¡no se veía el otro lado!

Pero la incertidumbre de no ver se eclipsaba con la certidumbre de saber: ¡allí estaba el mar! 

Esa seguridad la reconfortó. Se orientó hacia el hotel mientras, por enésima vez, se felicitaba por haber conseguido una habitación en el 4º piso; esa habitación de la vista increíble hacia el océano desconocido en su vasta dimensión, que, aunque insondable, encontró familiar. Lo había visto mil veces y mil veces se había sumergido en sus aguas. ¡No sentía temor!

Algunos ejercicios relajantes sobre la cama y una ducha caliente después, la prepararon para enfrentarse al clima costero. Aseguró un abrigo apropiado, dejó el hotel y cruzó la avenida adentrándose en las dunas, hacia el océano. 

La arena estaba húmeda por la niebla matinal y la brisa marina extraía humedad del mar depositándola por doquier. Se oía el típico rugido que producen las olas al romper, esta vez alejadas de la costa por la bajamar.

Se acercó al agua cautelosa y expectante sabiéndose vulnerable…

La inminencia de alguna lluvia pronosticada se hacía notar por las pocas personas que se aventuraban hasta la orilla, si bien que tenía a la vista a un par de pescadores que probaban suerte en las lagunas que se forman entre la playa y el borde del mar en bajante, vigilados celosamente por algunas aves lisonjeras a la espera de un banquete fácil.

Caminó unos metros cuando el avisaje de un pequeño lobo marino inerte, mecido suavemente por las ondas de agua que llegaban a la playa la estremeció. Un breve examen no reveló heridas producto del ataque de algún depredador, y aunque sintió pena por el animal al advertir que tenía una sola aleta con signos causales de origen siendo fácil convencerse de que aquella fuera la probable causa del deceso, volvió a estremecerse ante esa idea: ¡la selección natural de las especies en toda su magnitud!

Un paralelo parcial con su propia vida la sacudió rememorando tempestades pasadas y reviviendo curiosidades sobre la majestuosidad de todo aquello que resulta inefable, tanto, así como la tranquilidad aparente que, por creencia, nos lleva a sentir seguros, aunque ignoremos demasiado.

Autor Anónimo.

Por admin

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